Edith Moraes, Subsecretaria / Ministerio de Educación y Cultura

 

El 1 y 2 de octubre fue la fecha elegida este año para celebrar el Día del Patrimonio disponiéndose en esta oportunidad como temática “La educación pública, patrimonio nacional”.

Si un patrimonio es aquel bien público, material o inmaterial, de alto valor para la cultura tanto por su trayectoria histórica como por su proyección de futuro, entonces la educación pública es patrimonio.

Si todo patrimonio cultural es siempre una herencia, un legado, por lo que abarca tanto el pasado como el futuro y está estrechamente asociado a los valores que la sociedad le atribuye, lo que hay que proteger y conservar, entonces la educación pública es nuestro patrimonio.

Si un patrimonio es parte de la memoria colectiva de una comunidad y es la conciencia del pasado que se hace presente contribuyendo a fortalecer sus signos de identidad, entonces la educación pública es patrimonio de todos los uruguayos.

Toda educación de por si es un bien cultural pero, cuando de educación pública se trata, hay un valor agregado que le da un peso altamente transcendente. La educación pública surge con el nacimiento de la república y son los principios democráticos los que obligan al estado a asumir la responsabilidad de formar al ciudadano. La república y la democracia se sostienen en la medida que el pueblo, que es el soberano, pueda ejercer su rol y funciones y para ello debe educarse.

La “Educación del pueblo” fue el lema y la bandera que izó Jose Pedro Varela cuando condujo la reforma educativa en nuestro país al finalizar el siglo XIX. A partir de ahí el contrato social de la educación quedó sellado: el Estado asume el compromiso y el deber de educar a todos los ciudadanos y las familias la obligatoriedad de enviar a sus hijos a la escuela.

Así comienza a tomar forma este legado trasmitido de generación en generación durante 139 años. Durante este tiempo creció y se extendió a todos los niveles y tramos etarios, llegando a comprender desde la educación de la primera infancia hasta la formación profesional universitaria.

Durante todo el siglo XX fue un baluarte que enfrentó con firmeza cada uno de los desafíos sin cejar en su empeño de alfabetizar a todos, de democratizar el conocimiento, construir ciudadanía para una democracia sustentable.

La educación pública y el cumplimiento de su misión por parte del Estado se hicieron posibles mediante la encomiable labor de los docentes de todas las épocas, desde aquellas grandes figuras constructoras de la pedagogía nacional, como Agustín Ferreiro, Reina Reyes, Julio Castro, Jesualdo Sosa, Antonio Grompone, Carlos Vaz Ferreira y muchísimos más, cuya extensión me impide incluirlos en este prólogo, hasta los docentes de aula de ayer y de hoy que, perseverantes en su vínculo directo con los estudiantes, sostuvieron y sostienen la acción educativa.

En nuestro país la educación pública, distribuida a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, fue ni más ni menos, que la constructora de nuestra querida y gran nación.

Como todo patrimonio, hay que protegerla y hay que conservarla. Proteger su calidad, alimentándola día a día y fortaleciendo su accionar para poder enfrentar con éxito los nuevos desafíos del siglo XXI.

Alimentar el orgullo de que Uruguay sea uno de los países con más alto porcentaje de educación pública del mundo lo que significa, un país amante de la democracia y la justicia social.

Proteger y conservar los valores que le dieron origen: la libertad, el respeto, el bienestar individual y colectivo, la solidaridad y la justicia para que continúe siendo la promotora de nuestra identidad como uruguayos.

 


Viernes 11 de Noviembre de 2016
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